Mar 212013
 

Escucho atentamente a Jaume Prat en esta breve entrevista hecha por los alumnos de la ETSA La Salle (Barcelona)  y me detengo en esa comparación con el mundo de la cocina, y con la aparición de nombres como Ferrán Adriá, Arguiñano, José Andrés, etc, y la enorme influencia que, según él, han tenido en la aceptación por parte del público general de la necesidad de cocinar (y por tanto comer) mejor, sin que para ello hayan tenido que cambiar su altísimo nivel de trabajo y de excelencia.

Habla de la ausencia de arquitectos que hablen de arquitectura, que lleven la arquitectura a la sociedad de forma asequible, pero sin perder consistencia o intensidad en su discurso. Habla de que, ciertamente, la práctica mayoría de publicaciones (digitales y físicas) de arquitectura son, casi siempre de arquitectos y siempre para arquitectos (o iniciados, cuando menos).

arquitectura en la cocina

Y aquí es donde a mí me entra la duda. Creo que hay que acercar la arquitectura a la gente, pero ¿qué significa esto, realmente?. Lo que creo que hay que hacer es acercar la arquitectura a las necesidades de la gente.

La cocina no ha cambiado sólo por la irrupción en los medios de grandes cocineros. Eso es la consecuencia, sospecho, de una creciente necesidad de la población debida a varios factores. Por un lado, la evolución de la sociedad y la emancipación de la mujer del papel de ama de casa, que aprendía de su madre, y al que nunca se acercaba el hombre. La creciente movilidad física de la gente joven que se va a estudiar a la universidad lejos de su familia y necesita comer. Y el hecho de que desde hace años, en los colegios, se empezaran a tratar de inculcar hábitos saludables. Es decir: una modificación en el sistema educativo (enseñar conceptos básicos de nutrición) y un cambio social más o menos gradual, puede acabar generando la necesidad de querer cocinar bien y comer mejor.

La arquitectura no se enseña en los colegios, y sin embargo es algo que vamos a necesitar todos (arquitectos y no) durante toda nuestra vida. Aprendemos biología para poder explicarle al doctor qué nos duele. ¿Por qué no aprender a interpretar mínimamente la ciudad para saber qué exigir a los arquitectos? ¿Por qué no se explica en los colegios que los ciudadanos tienen un tiempo para ver y consultar el PGOU de su municipio y presentar las alegaciones que estimen oportunas, y así participar en el desarrollo de su ciudad?

Sostengo que la arquitectura debería explicarse por sí misma. Como no hace falta explicar la necesidad de la medicina,  pues sus resultados se explican por sí mismos. Y ellos tienen y necesitan sus congresos, sus publicaciones especializadas.

Llegados a este punto, querría comentar que el hecho de que casi la totalidad de lo que se escriba de y sobre arquitectura sea de arquitectos para arquitectos me parece lo más lógico. Lo que no quita que alguien sea capaz de hacer un programa de televisión en el que hable de arquitectura de forma generalista. ¿Cuánto creéis que tardaríamos en criticarlo por poco serio, poco riguroso?

No nos contentaríamos con nada.

Como diría Edgar… Y tú, mi estimado lector…¿Qué opinas?

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  One Response to “Rico rico, y con fundamento”

Comments (1)
  1. Me da la sensación que mi experiencia debe ser un caso fuera de lo habitual, me explico:
    En segundo de BUP, fui la última generación de BUP y COU, nuestra profesora de Geografía nos puso un trabajo sobre la evolución histórica de la ciudad de Valencia. Aclararé que esta profesora era de formación profesora de francés y la habían puesto a dar esta asignatura por falta de profesorado. Éramos la clase de ciencias puras y de la que hemos acabado saliendo tres arquitectos.
    Por raro que parezca este trabajo nos lo tomamos más en serio los propios alumnos que la profesora. En mi caso, que ya tenía bastante claro qué quería estudiar, me abrió un campo más sobre el que no me había ni siquiera planteado estudiar, el urbanismo, pero para el resto de la clase el tener que comprender los procesos mismos de la ciudad les sirvió para valorar y entender su propio entorno.
    Confieso que es de los pocos trabajos de mi época escolar, junto a las obras de teatro que teníamos que hacer en valenciano, que recuerdo y más valoro.
    Sabiendo que, encima, no es lo habitual, aún lo valoraré más.

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